Wednesday, January 29, 2014

Verde, verde es todo lo que tengo…

Uno de mis cantantes favoritos es Luis Pescetti, que es un compositor argentino de canciones infantiles que viene mucho a México. Él canta una canción tradicional alemana cuya estrofa comienza:

Verde, verde es todo lo que tengo
Verde, verde tengo todo yo
porque yo amo todo lo que es verde
porque mi padre es un leñador.


En estos tiempos, la última frase de la estrofa podría ser:

porque mi padre es un…..
constructor,
farmacéutico,
refresquero,
restaurantero de comida rápida,
o cualquiera que trabaje en la industria que se venda como… “verde”.

Tristemente, esto rompería la métrica, la rima y la estética de la canción. Pero le pondría música a lo que básicamente se define como “greenwashing”.

El jueves 30 de enero, la CONABIO publicará su balance sobre el estado en el que se encuentran los manglares en el país en los últimos cinco años. Los datos no son alentadores. En cinco años se perdieron unas 9 mil hectáreas de manglar. Los estados en los que se perdió más son aquellos en donde la industria hotelera es más fuerte ahora (Nayarit, Quintana Roo y Campeche). Seguramente los hoteles y las casas ahí sevenden como “verdes” pues reciclan agua, tienen algún calentador solar para laalberca o plantaron unos cuantos árboles. Ya lo vimos en la ecología Coca-Cola en Tampico (ver aquí).

La culpa de esta contradicción en donde lo que se vende como verde es lo que más destruye no sólo es de estas industrias, también es de nosotros como sociedad. Somos incongruentes entre lo que se debe de hacer para la protección de la naturaleza y lo que hacemos o estamos dispuestos a hacer. Nos gusta engañarnos cuando compramos un producto que dice ayudar a la naturaleza, pero que a la vez incrementa nuestro confort.

Un ejemplo lo da el “test” del periódico Reforma de hace unos meses sobre la “conciencia ecológica”. El tipo de preguntas al lector se basaban en si se usaban bolsas de plástico en elSuper o si uno llevaba sus propias bolsas, lo cual se considera más ecológico. Usar tus propias bolsas es un paso, pero muy pequeño comparado con lo anti-ecológico que representa comprar en el Super, donde la mayoría de los productos son pre-empaquetados con unicel y plástico. 

Esta es nuestra contribución ecológica

Esto sin considerar el desperdicio de comida que se echa a perder, pues los estantes siempre tienen que tener abundante comida impecable; y el pésimo trato que estas empresas dan a los pequeños proveedores; o la corrupción comprobada de los supermercados para establecerse en zonas en las que no debería (el escándalo Wallmart de hace unos años nos lo ejemplifica muy bien). El “test” debería preguntar si vas al Super o compras tu comida en mercados locales. Pero la mayoría de los lectores reprobarían, haciendo inútil la encuesta. No se trata de juzgar, sino de analizar lo que estamos haciendo con nuestras acciones a la naturaleza. El problema es que la gente que lleva sus bolsas al Super piensa que “está haciendo algo” y ese “algo” justifica el resto de las acciones anti-ecológicas, que por lo general son mucho más graves que los beneficios.

Empaquetado de unicel
La publicidad ha hecho que esté de moda ser ecologista y realizar pequeñas acciones como barrer la banqueta y utilizar papel reciclado. Aún cuando estas acciones son nobles y pueden ayudar a la concientización están muy lejos de lo que deberíamos hacer todos como sociedad para tener una actividad verdaderamente sostenible.

Nuestra sociedad asume la contradicción de hacer algo por la naturaleza, siempre y cuando no se arriesgue la comodidad o prácticas que nos hemos impuesto. Si nuestra práctica no es efectiva, recargamos la responsabilidad en alguien más. ¿Quién no ha escuchado el argumento de “yo no separo la basura, pues la juntan toda en el camión”?

La contradicción social está inserta en el entramado de los tomadores de decisión, que buscan obtener dinero de empresas que en su mayoría buscan el beneficio económico en el corto plazo.

Frutas y verduras siempre perfectas

El objetivo del político es mantener el poder y el de las empresas es obtener dinero. En ninguno de los dos casos está en su ecuación la conservación de la naturaleza. Por lo tanto, ni las compañías ni los políticos van a cambiar. Incluso las protestas ecológicas les benefician, pues han visto en ellas una veta de publicidad altamente redituable. Los que deberíamos de cambiar somos la sociedad, pues vamos a sufrir las consecuencias en un futuro cercano.


Comencemos por reflexionar verdaderamente ¿qué hacemos por nuestro ecosistema?