Monday, July 11, 2011

Las Joyas de la MIA de la Supervía 3: “Una no es ninguna”

¿Quién no tiene un amigo que repite en cada borrachera “una no es ninguna”? Bajo una visión reduccionista la frase no es errada: una copa no hace daño, no emborracha, no genera alcoholismo… vaya! ni ayuda a moldear a la famosa panza chelera.

El problema es la acumulación constante de copas. La frase es sólo un juego que nos distrae de los efectos negativos de la acumulación para tomar más. Sin ser un juego, esta es la misma filosofía con la que SIGEA escribe la siguiente joya de MIA de la Supervía:

“la MIA persigue fundamentalmente identificar, y evaluar el impacto ambiental motivado por el cambio de uso de suelo forestal a otro uso, por tal motivo, no es que se omitan muchos impactos ambientales predecibles que se provocan por las obras, muchos de ellos muy importantes sin lugar a dudas, pero que definitivamente, no son el resultado o no están vinculados propiamente al cambio de uso de suelo y por ende han sido excluidas de la evaluación”.

En otras palabras: SIGEA y Copri-OHL le piden a SEMARNAT que evalúe sólo una copa (y una… pues no es ninguna), pero que ni se asome a ver las botellas debajo de la mesa.

La Supervía es parte de una serie de carreteras que juntas pondrán en peligro el suelo de conservación del DF. Pero al presentarlas por separado se busca minimizar este efecto acumulado. Sin embargo, en la Supervía, esta estrategia no ha sido suficiente, ahora tienen que dividir todavía más los efectos de un sólo proyecto. Así, esta MIA sólo analiza el cambio de uso de suelo forestal, otra MIA ya se ocupó de algunos de los efectos de la construcción, que ni siquiera, admite SIGEA, están completos.

Cuando se analiza una tala de árbol en árbol existe una sensación de que no pasa nada, hasta que desaparece el bosque entero. Pero, al igual que con los alcohólicos, los efectos acumulados por la destrucción de los ecosistemas son devastadores no sólo para el que lo practica sino para los que estamos alrededor.

Como en otras joyas, es una práctica común en las constructoras. Las instituciones que nos deberían de defender de esta práctica (SMA-GDF y SEMARNAT) hacen como que no entienden el problema de los efectos acumulados. Dentro de sus dependencias hay personas muy capaces, pero es evidente que las decisiones se toman por otras razones diferentes a resguardar los ecosistemas. 

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